Olas del Caribe

Por: Monica Kostas

Olas del Caribe - M. Kostas

“Investigando la historia desconocida del movimiento obrero en el Sur de la Florida, es notable que el panorama de la actividad política actual deja mucho que desear. Claro, vivimos en una etapa particular con un contexto propio e incomparable a otros tiempos. Nuestro día a día en el sur de la Florida es inseparable de la condición socio-económica de los Estados Unidos. La crisis del 2008 se extendió más allá de lo que podíamos predecir y ha dejado a la mayoría de la población lidiando con una escasez de trabajo, deudas, y las consecuencias de una crisis hipotecaria. Pero la escasez de actividad política en Florida se gesta hace largo tiempo, y nace del perfeccionamiento del capitalismo que sofoca la resistencia por varios medios: la atomización del trabajo, la burocracia, la explotación de los inmigrantes, y demás.

Sin embargo, la historia no siempre fue la misma. Hubieron tiempos en el Sur de la Florida cuando los trabajadores solían rebelarse contra los jefes y burgueses en mando. Bajo la arena que cubre la península corre el agua que fluye por todo el caribe. Las mismas aguas que fueron recorridas por varios militantes y activistas isleños, y que sirvieron como ruta de escape para esquivar la represión en las islas.

Cuesta pensar que Key West, hoy en día la capital de la fiesta, la cerveza y el Spring Break, fue un baluarte de revueltas a principios del siglo veinte.

Colgando en la parte más sureña de los Estados Unidos como una mano extendida que ofrece sus pliegues como puentes hacia la tierra del borrón y cuenta nueva, Florida no solamente fue un horizonte para inmigrantes en busca de trabajo y una vida más cómoda. Socialistas y anarco-sindicalistas isleños veían las orillas al fin de los Estados Unidos como un terreno inexplorado que prometía la revolución. Aún así, los sueños de un futuro próspero no estaban reservados para los idealistas. Queriendo expandir sus comercios más allá del Caribe, los empresarios operando en las islas también tenían a la Florida en su mira, ya que en dicho lugar no tendrían que lidiar con los Españoles y sus reglas burocráticas de comercio.

A fin del siglo 19, una ola de inmigrantes cubanos ayudó a Key West a plantarse como lugar exponente en la industria tabacalera, trayendo a su vez una serie de huelgas y agitación laboral propias de la experiencia sindical de las islas.

Mientras los cigarros habaneros ganaban popularidad por todo el mundo, los burgueses que esperaban abrir sus propias fábricas en Key West se percataban de que sus nuevos emprendimientos podrían resultar problemáticos ya que noticias de las revueltas de los trabajadores isleños se difundían rápidamente.

La discordia entre los trabajadores organizados y sus patrones, espantaron a los inversionistas haciéndolos huir hacia el norte a la ciudad de Tampa. Allí construyeron Ybor, una ciudad dedicada a la industria del cigarro donde las reglas fueron fomentadas por los empresarios desde el comienzo.

Dada la corta distancia entre Florida y Cuba, los trabajadores en las nuevas ciudades tabacaleras podían seguir los acontecimientos sindicales que transcurrían en la isla. Por ejemplo, la victoria de una huelga tabacalera en 1902 desató una marcha multitudinaria donde miles de trabajadores latinos recorrieron el camino desde Ybor hasta el oeste de Tampa donde estallaron festejos.

Dos años mas tarde, se organizaba la primera huelga de lavanderas en la Habana. Organizada exclusivamente por mujeres, la mayoría siendo afro-cubanas, muchas de ellas fueron arrestadas cuando la policía fue desplegada para reprimirlas.

Olas del Caribe trata de capturar el diálogo de lucha entre las lavanderas de la Habana, y las trabajadoras en las fábricas tabacaleras de Tampa. Las olas formadas en la orilla de la isla llevaron consigo la sabiduría, la inspiración y los militantes que tallarían una importante faceta de la historia radical en Florida.

La mujer en primer plano señala hacia la isla de manera cíclica para motivar a las compañeras en sus propios esfuerzos de lucha. El objetivo de la imagen es representar el intercambio incesante entre las aguas del caribe y la Florida.”

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Estoy cansada de la atención sanitaria

Por Luz Sierra – IWW de Miami, 5 de Agosto de 2015salud

Han pasado ya cinco años desde que empecé a trabajar como Certified Nursing Assistant o CNA (auxiliar de enfermera). Una CNA es una profesional de la salud que asiste a las Registered Nurses o RN (enfermeras registradas). Se considera a las CNA como las que hacen el “trabajo sucio” en la atención sanitaria: cambiar, bañar, dar de comer y ofrecer a los pacientes cualquier tipo de asistencia que las RN no tengan tiempo u oportunidad de dar en el ambiente acelerado y multitarea del sistema de salud de hoy. Ofreciendo cuidados a los pacientes he visto muchas de las atrocidades de la sociedad actual, especialmente con la salud mental.

El año pasado me ofrecieron un puesto de cuidadora en un hospital local después de haber sido despedida de mi trabajo anterior por haber organizado a los trabajadores. Es un trabajo bastante tranquilo. Dependiendo del censo, ofrezco cuidados a uno o dos pacientes con riesgo de caída y que están bajo el Baker Act (una ley de Florida sobre salud mental que obliga al paciente a permanecer en las instalaciones y bajo supervisión hasta 72 horas debido a la posibilidad que se dañen a sí mismos o a otros), o pacientes con alto riesgo de complicaciones que pueden resultar heridos. A lo largo de la mayoría de mi tiempo allí como empleada, he visto más que nada a pacientes con trastornos de la salud mental. Entre ellos están las personas mayores a las que se ha diagnosticado con demencia o Alzheimer. De acuerdo con mi experiencia, o no se les da suficiente tratamiento o no se les da ninguno. Sólo se les administra medicación que los mantiene sedados durante horas o, simplemente, son ignorados por las enfermeras. Un individuo con tales dolencias podría ponerse muy ansioso, agitado y desorientado, lo que conlleva muchos problemas. Por ejemplo, a menudo intentan levantarse de la cama de modo no seguro debido a la pérdida de memoria, pueden quitarse su terapia intravenosa (IV) si ésta les molesta, y algunas veces intentan dañar físicamente a personas que no reconocen porque sufren de ansiedad y temen a cualquier persona. La lista podría ser más larga. Los trastornos de la salud mental no son fácilmente tratados, así que hay ocasiones en las que vas a necesitar la ayuda de una asistente de enfermera, una enfermera e incluso la administración. Por desgracia, a veces tal ayuda es inexistente, como un día que se me asignó un paciente que tenía Alzheimer y estaba muy confuso.

Aquel día recibí a la paciente en una situación difícil. Cuando llegué a su habitación, ella estaba dando puñetazos y patadas a la asistente de enfermera, que no le permitía bajarse de la cama. La asistente de enfermera me avisó de que tuviera cuidado ya que ella era muy combativa; no estaba mintiendo. Pasé las primeras dos horas impidiendo que se bajara de la cama mientras ella intentaba darme puñetazos y patadas una y otra vez. Finalmente vino un fisioterapeuta que la acompañó a caminar hasta el lavabo y por la habitación. Luego, la enfermera le administró medicación que la calmó y la reorientó. Después de tomarse la medicación, la paciente empezó a hablarme amablemente, explicándome cosas de su vida hasta que se durmió por unos treinta minutes. Cuando se despertó la medicación ya no hacía efecto, así que estaba agitada y confundida otra vez. Quería irse de su habitación pero no le dejaban, así que me empujaba y pegaba, pidiendo ayuda a gritos. Yo quería apartarme de ella porque es lo que te enseñan que debes hacer ante un paciente irritado, pero no podía porque ella intentaba levantarse de la cama, poniéndose en riesgo de caer. Llamé a la enfermera para explicarle lo que estaba sucediendo, pero todo lo que ella hizo fue venir un momento y hablar con la paciente. Cuando se fue, la paciente se puso agresiva de nuevo.

Durante las siguientes tres horas llamé a la enfermera cinco veces, pero ella no hizo nada más que intentar calmar la paciente hablando con ella. No hay ningún problema con eso, pero si la paciente está dañándose a sí misma e intentando atacar a cuidadores, debería haber una alternativa mejor. No soy una gran defensora de la medicación pero, en mi opinión, es mejor sedar a un paciente con tal de prevenir cualquier posible daño si la enfermera no estará allí 24/7 y si el cuidador del paciente tiene recursos limitados al tener que impedir que un paciente se dañe a sí mismo o a otros. Por suerte, se presentó otra enfermera y se llevó a la paciente a visitar a su esposo, que también estaba hospitalizado. Se me ordenó que permaneciera con ella mientras visitaba a su marido. Estuvo calmada durante un rato, pero después se agitó y quiso irse de la habitación para buscar a sus hijos, que no estaban allí. Tuve que llevarla de nuevo a su habitación, donde ella no quería estar, y pasé las siguientes tres horas yendo y viniendo entre su habitación y la de su esposo. Durante el camino me pegaba y me gritaba mientras las enfermeras miraban sin decir nada.

Durante las últimas horas de mi turno, nadie hizo nada para detener su comportamiento violento, y continué aguantando el maltrato. Se me dijo que la mantuviera sentada colocando una mesa delante de su silla y poniendo my peso sobre ésta, pero no me sentía cómoda haciendo eso. Cumplir esa orden podría ser asalto ilegal y yo no quería inmovilizar a una paciente sin la orden de un médico. Por lo tanto, dejé por inútil lo de pedir ayuda y simplemente aguanté los golpes y coces, pasando las últimas horas de mi turno pasar en el reloj.
Estuve atrapada por diez horas siendo maltratada mientras nadie intentó siquiera ayudarme a sujetar un paciente que me estaba dañando claramente. Eso me dejó molesta, abatida y extremadamente cansada al final del día. Ningún trabajador de la asistencia sanitaria debería experimentar algo así. Los trabajadores también tienen derechos y obligarnos a aguantar maltratos como estos es una locura. Por desgracia, no puedo decir que ésta fuese mi primera vez.

Muchos pacientes se han comportado de este modo y algunos aún peor. Un paciente Baker Act estaba continuamente intentando abandonar el hospital, escupía en todas partes, intentando golpearme, e incluso se masturbó delante de mí. A la enfermera le costó tres horas presentarse antes de inmovilizar al paciente aunque el encargado de seguridad exigiese a la enfermera que interviniera. Éste estaba claramente molesto y no se podía creer que el hospital careciese de procedimientos apropiados o un área (no hay un departamento psiquiátrico en este hospital) para pacientes en dichas condiciones.

Después de cuidar al paciente que me maltrató durante diez horas, estaba sin ninguna duda cansada de tal abuso hasta el punto de considerar dejar el sector. El sistema de asistencia médica es espantoso. Si a nadie le importa un paciente negligido, maltratado o ignorado, ¡imagina qué experimenta el trabajador! Este sistema se preocupa más de los beneficios que las vidas de las personas que viven en él. Pacientes de clase alta, lameculos y ricos son los únicos que obtienen los frutos de nuestra miseria. El resto tienen bastante suerte si dejan el hospital con el sabor de la esperanza que queda en este mundo.

Por diez dólares la hora sin prestaciones no vale la pena ser maltratado. Ningún sueldo merece que el trabajador trabaje bajo estas circunstancias. Tiene que haber un modo de reestructurar este sistema. Apelar a agencias gubernamentales que supuestamente monitorizan el sistema de asistencia sanitaria, como OSHA, no funciona porque a penas inspeccionan cada algunos años, y aún menos tienen suficiente presupuesto para hacer inspecciones sorpresa. A través de la presión empresarial, reuniones y las extensivas ataduras entre la industria y Washington, están controlados por la misma gente que se supone que deberían supervisar. Sean cuales sean las pocas leyes que haya para regular los hospitales, éstas carecen de modos de ejecutarlas bien y están claramente escritas para las empresas que hacen funcionar la industria.

Por eso organizar a los trabajadores debería ser nuestra solución. Puede que los profesionales de la salud estén separados por los horarios, el pesimismo y el miedo, pero hay incontables ejemplos, tanto en el pasado como actuales, donde trabajadores de hospitales se unen y exigen los cambios que se necesitan. Hay la esperanza que un día los empleadores de la atención sanitaria sean capaces de reconstruir un sistema que ofrezca cuidados preventivos, se tome la salud mental más seriamente y trate a pacientes y trabajadores como seres humanos en vez de productores de beneficios. Espero que este día llegue pronto.

Quizás compartir esta historia sería un primer paso. La primera acción que podría acabar con el miedo de no callar, el tormento de estar solo en este sector, la desesperanza entre los trabajadores de la atención sanitaria cuando se enfrentan a condiciones injustas y, en general, la falta de inspiración a contraatacar y construir el sistema que los trabajadores desean. Por eso continuaré mientras me mantenga firme y mi deseo de ver cambios siga vivo.

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– Traducido por FW Milena (Catalunya)

logo del IWW

“Agua, Fango, y Factoría”

Por Mónica Kostas

Hialeah

Trabajamos en una pocilga que se llama Leimprint. Una de las cuantas que forman parte del distrito de fábricas en Hialeah. Aunque “La ciudad que progresa” es el lema oficial, ya que es la única ciudad industrial en los Estados Unidos que sigue creciendo, “Agua, fango, y factoría” es el lema coloquial que se le dio hace varias décadas por ser nada más que una ciudad tropical con mucha lluvia, pocas atracciones, y muchas fábricas. Queda al noroeste de Miami y el 75% de su población es Cubana o Cubano-Americana, y más del 90% de la población total habla español en casa.

Un viernes por la tarde, Lu se dio vuelta y me dijo “tu crees que alguien va a botar esta basura?” Al parecer, nuestros tachos de basura no habían sido vaciados durante toda la semana.

Lu es cubano-americana, y diseña conmigo en una de las oficinas del fondo. Como muchos Miamenses, nació y creció aquí, y nunca salió de la Florida a pesar de sus treinta y pico de años. Es medio hippie, le gusta el yoga, dice ser budista, no come comida rápida y cuando no estoy, escucha música India al estilo flauta clásica. Lu y yo nos llevamos muy bien, ella tiene un complejo de madre cubana para conmigo y por costumbre me trae café y desayuno todos los días. Yo a cambio, traigo la merienda, y de vez en cuando hago de escudo y me peleo con la gente que la trata mal. De más está decir que tenemos caracteres muy distintos, pero encajamos bastante bien. A fin de cuentas, compartimos más tiempo juntas que con nuestras familias, amigos, o amores, y ese tipo de tiempo excesivo con alguien forma lazos invaluables personalmente, e imprescindibles a la hora de organizar.

“Mierda, encima estuve tirando un montón de cáscaras y comida” le digo. Nos miramos, miramos el suelo que debería ser blanco pero con la suciedad acumulada durante años, las baldosas lucen un mugriento negro añejo ya que nunca fueron limpiadas, y le digo “este lugar es un asco”.

No es la primera vez que hablamos de esto. Es más, es uno de los temas favoritos de la oficina. A veces, la sala donde almorzamos se vuelve un confesionario de todos los detalles que avergüenzan nuestra compañía frente a otras que por lo menos tienen un servicio de limpieza, y ni hablar de que pueden llegar a ofrecer seguros de salud, ofrecer vacaciones pagas, etc.

El problema sanitario lleva bastante tiempo gestándose. En el distrito de fábricas en Hialeah, la mayoría de las compañías tienen una oficina amplia con varias oficinas dentro, y adjuntado, un depósito enorme donde se guarda la mercadería y trabajan los que arman productos y paquetes para enviar. Al trabajar en un lugar tan grande, mantenerlo limpio lleva su tiempo y dedicación. La cuestión es que la única persona que hace la limpieza donde trabajamos, es una mujer que trabaja en el depósito casi a tiempo completo. El par de horas que le queda para llegar a las 40 horas semanales, las trabaja limpiando las oficinas, aunque no sea tiempo suficiente y solamente alcance para vaciar los tachos de basura, pasar un trapo mugriento por el piso, y nada más. Luego de dieciséis años que la compañía lleva en ese local, más el mantenimiento precario que se administra, es evidente que el bajo nivel de higiene genere sus consecuencias. Constantemente hay gente enferma, congestionada, y con alergias. Las cucarachas y las moscas son comunes, y la mugre en la mayoría de las oficinas lleva añares acumulándose.

A Lu no le gusta pelear, pero cuando algo le colma la paciencia, no se contiene y trata de buscar soluciones. Esta vez, miró el asco de lugar donde trabajamos, pensó en todas las cosas que deben mejorar, se hartó, y me dijo “quizá deberíamos escribirles una carta”. Me di vuelta, y la miré semi-anonadada pensando “eso suena a adulación, cuéntame más…”

Claro, no me dijo que mañana mismo tendríamos que estar todos en huelga, pero el ímpetu de querer solucionar un problema por nuestra propia cuenta y de una manera ofensiva fue estimulante.

Inmediatamente Lu pensó que la carta podía ser anónima. Podríamos escribirla y luego dejarla en las oficinas de los jefes, simple y al punto. A lo que le sugerí que sea lo opuesto, firmada con nombres, y por todos. Claro, el anonimato ofrece simplicidad, y evita sondear la situación con cada persona, lo cual puede ser bastante incómodo para alguien tímido como lo es Lu. Vale recalcar también que es muy común ver problemas laborales como problemas individuales que pueden resolverse privadamente. Parte de nuestra tarea como militantes es romper con esa noción individualista, y sugerir alternativas que analizan nuestros problemas en un marco colectivo. Es decir, hacer del conflicto individual un conflicto que involucra a todos, ya que no solamente son varios los afectados (en general) por los abusos laborales sino que también hacemos más fuerza y tenemos más respaldo cuando somos la mayoría en la lucha.

Al decidir que íbamos a escribir una carta, Lu fue a discutir el tema con unas compañeras, yo fui a hablar con otras, algunas personas hablaron con otras más, y de a poco formamos una lista de demandas que queríamos ver cumplidas en torno a la sanidad de Leimprint.

La carta demandaba cosas básicas, como limpiar el piso y sacar la basura por lo menos dos veces a la semana. Usar trapos nuevos a cada tanto, cambiar los filtros del aire acondicionado, etc. Esencialmente, cosas que parecen lógicas, y dan vergüenza demandar, pero que hay que arrancar de un par de jefes tacaños que les importa poco y nada el bienestar y la salud de la gente que emplean. Un punto principal en la carta, era la demanda de limpiar los pisos a fondo durante las vacaciones de fin de año, ya que el personal no estaría para estorbar la limpieza. El asueto empezaba la semana entrante, y duraba dos semanas. Ese periodo lo usaríamos como medida de prueba para ver si al regresar de las vacaciones, los jefes habían cumplido con por los menos algunos de los pedidos.

Luego de escribir la carta, todos y cada uno de los que trabajan en la oficina, menos aquellos considerados gerentes, firmaron su nombre, y luego se hicieron copias para cada uno.

Hay que tomar en cuenta que los acontecimientos sucedieron en cuestión de horas. Lo más efectivo posiblemente, hubiera sido entregar la carta colectivamente y en persona. Sin embargo, confrontar al patrón de manera colectiva hubiera tomado más tiempo, ya que nos tendríamos que haber juntado fuera del trabajo para decidir cómo se desarrollaría la entrega. Tendríamos que haber decidido quienes hablarían, y quién entregaría la carta una vez en la oficina del patrón, y también, asegurar que el objetivo de la entrega sería demostrar solidaridad entre las compañeras, y exponernos como una fuerza notable por nuestra cantidad. Por más de tener estas tácticas en cuenta, yo particularmente no quería ser una fuerza impulsora en el evento, sino que una compañera más con una opinión equivalente a las demás.

Por lo tanto la idea de hacer la entrega colectiva sería, o muy rigurosa para hacerla el mismo día, ya que no había tiempo para lo que le llamamos en el IWW “inocular” (el proceso de advertir a las compañeras sobre posibles represalias del patrón, o posibles cosas que los jefes digan o hagan), o muy lenta como para mantener a las compañeras enganchadas durante el periodo de organización de esta tarea colectiva.

Se decidió entregar la carta el mismo día, y el modo de entrega fue bastante inadvertido. Una vez que los jefes se fueron del trabajo, una compañera y yo dejamos una copia en cada una de sus casillas. Una para la jefa, a quien apodamos Mr. Burns por su complejo de señora mayor extremadamente delgada, y carácter despiadado. Una para su ex-esposo, Tom o viejo carechimba, quien sale con una  mujer 20 años menor que trabaja en la fábrica. Y una para Carlos, el gerente de la fábrica que básicamente lleva a cabo las órdenes de los primeros dos.

El día de la carta habría sido un miércoles ya que solamente teníamos dos días más antes de irnos de vacaciones. Es importante resaltar que estas vacaciones de fin de año son forzadas y no remuneradas. Para la mayoría que apenas llega a fin de mes, ya que ganan poco más que el sueldo mínimo, tomarse dos semanas de vacaciones no pagas, especialmente en tiempos de fiestas y compras, es devastador. Esos dos días que quedaban antes de las vacaciones, los jefes disimularon no ver ninguna carta. Sí tuvieron al día siguiente una reunión de dos horas por la mañana, pero ninguno mencionó absolutamente nada.

Al acabarse las fiestas, estábamos ansiosas de ver qué cambios habían ocurrido mientras no estuvimos.

Al regresar, nos encontramos con la sorpresa de ver todo exactamente igual. El mismo piso mugriento, las mismas cucarachas que llevaban años en el cuarto de útiles, en fin, nada había cambiado. Volvimos a nuestros puestos decepcionadas y un poco indignadas con la situación.

Pocos minutos después de empezar a trabajar, la jefa nos llamó a todos para una reunión. Lu y yo pensamos que iban a abordar el tema de la limpieza, y teníamos ganas de ver que sarta de excusas pondrían para explicar la falta de mantenimiento.

 

La jefa abrió:

-Tengo noticias para darles. Durante las fiestas, Tom se fue a China y sufrió un ACV. El se está recuperando bien, está en uno de los mejores hospitales en China, y los doctores dicen que su pronóstico se ve muy positivo, así que no queremos que se preocupen.

Caras de asombro inundaron la oficina. En ese momento me acordé de la declaración de Emma Goldman acerca del asesinato del presidente McKinley que decía algo así como “si me llamaran para cuidar de McKinley, como enfermera, el es un ser humano para mi y yo cuidaría de él, pero como anarquista mi apoyo está con Czolgosz (el atacante)”

-Todo por aquí va a seguir igual, aunque Carlos y yo si quisiéramos pedirles paciencia y ayuda para que todo funcione normalmente mientras Tom no esté trabajando con nosotros.

 

Algo en la manera que dijo esas últimas palabras, sonó bastante a reclamarnos indirectamente que no sigamos molestando con asuntos insignificantes, ya que todos teníamos que ocuparnos de cosas más importantes.

La preocupación entre las compañeras era legítima. La mayoría de las trabajadoras llevan años trabajando en Leimprint y por más de que los jefes sean su desgracia, a fin de cuentas hay un vínculo de muchos años que les afecta emocionalmente.

Luego de recibir las noticias, la jefa enfatizó bastante la importancia de la familia y lo mucho que vale estar bien de salud. Me pregunté si alguna vez se le ocurre que la mayoría de la gente con la que trabajamos no tiene seguro de salud, y que si algo tan grave como eso les pasara, no tendrían dónde ir.

En términos de campaña, que al jefe la haya dado un ACV, fue un evento completamente imprevisto, algo que cambió la dinámica del diálogo totalmente. De repente, pasamos de estar a la ofensiva, a un estado de empatía semi-forzada, donde las compañeras sentían que rebelarnos contra el patrón en momentos de crisis, no sería moralmente correcto. Inmediatamente las ansias de presionar a los jefes con nuestras demandas se ablandaron y no solamente porque la jefa nos mandó una indirecta en la reunión, sino también porque las compañeras sentían que era un mal momento para seguir adelante con el tema. No estaban en lo incorrecto tampoco, la gerencia tenía la ventaja de usar la situación de Tom como excusa para no encargarse de cumplir con la carta, y sabían que eso funcionaría como manipulación emocional con las compañeras para mantener a raya nuestras demandas.

De a poco el tema se fue disolviendo, y las ganas de pelearlo también. Lu y yo vimos como la situación llegó a un impasse, pero presentimos que la cuestión no iba a morir definitivamente ya que la carta agrupaba una cantidad de cosas que afectaban el día a día en el trabajo.

Personalmente, esta situación fue una experiencia que nos indicó que nunca tenemos todo controlado ni tampoco podemos estar preparados para todo. Cuando menos lo esperamos, ocurren sorpresas que desencadenan situaciones para las que no preparamos respuestas, y está en nosotros adaptarnos al cambio y resolver el conflicto o dejar pasar el momento. Lo que también demuestran estos hechos, es que una lucha no es tan mecánica ni tan blanco y negro como reconocer un problema laboral, que afecta a todos los trabajadores de un sitio, y que por lógica, se lleva a cabo automáticamente una campaña donde se pelea a todo o nada por un objetivo (sea un aumento, mejores condiciones, beneficios, etc.). Existe el elemento humano que complica la ecuación, ya que no podemos prever como nuestras compañeras, ni nosotros mismos, podemos llegar a reaccionar frente a un desarrollo impredecible.

Tampoco podemos saber como las emociones pueden jugarnos a favor o en contra dados ciertos cambios en una disputa. Vale destacar además, que como en muchas otras peleas, no son mayormente las mejoras materiales que empujan una lucha, sino el impulso de querer pelear por lo que es moralmente correcto. Ya sea demandando respeto, o sintiendo empatía por otro ser humano, estas cosas generalmente terminan siendo mucho más fuertes que ciertas ganancias materiales.

Pasado un poco el tiempo desde el accidente, a la gerencia le está empezando a salir el tiro por la culata con el tema de la importancia de la familia y la salud. Claramente, eso es válido solo para ellos, ya que no esconden que no les importa para nada cuando alguna de las compañeras necesita tomarse el día para cuidar a un hijo enfermo, o atender alguna emergencia familiar, o lo que fuere.

Por más de que este hecho haya momentáneamente descarriado nuestro plan, las actitudes de la gerencia tienen sus repercusiones y por el momento están ayudando a acumular furia y despecho en las compañeras que tarde o temprano deben atacar.