GUERRA, POBREZA, LUCHA, CAMBIO
La situación económica en nuestro país es cada vez más grave. El aumento sostenido de la inflación en los meses transcurridos desde el inicio de la guerra en Ucrania, junto a la moderación salarial inducida por la estrategia pactista de los sindicatos oficialistas ha conducido a una fuerte caída del poder adquisitivo de la clase trabajadora. Si a eso le sumamos la subida de los tipos de interés aprobada por el Banco Central Europeo (que im-
pacta sobre las hipotecas y la inversión productiva) y la degradación progresiva de los servicios públicos, nos encontramos con un escenario de agresión directa contra las condiciones de trabajo y de vida de la mayoría de la población, un sostenido aumento de la pobreza y la precariedad, sin que ninguna fuerza política o social importante llame a la movilización.
La guerra en Ucrania ha provocado la ralentización del proceso de Transición Ecológica que, en todo caso, estaba destinado a la adaptación a la crisis climática de las grandes transnacionales de la energía, sin que estas perdieran su posición dominante en los mercados. Además, ha impactado sobre las libertades públicas en el conjunto de la Unión Europea y ha provocado una decidida deriva militarista de las autoridades comunitarias, con el consiguiente aumento de los gastos militares y de la penetración de las lógicas militaristas, imperialistas y autoritarias en el conjunto de las estructuras sociales.
El inicio de un año plagado de procesos electorales provoca, también, la reactivación política de las distintas familias de la socialdemocracia y el populismo reformista, que tratan de encauzar a los movimientos sociales y sindicales hacia una deriva electoralista, en la que lo supuestamente decisivo sería quien va a ocupar, el año que viene, el Palacio de la Moncloa. Mientras la ultraderecha avanza en todos los nodos de nuestra sociedad (parlamento, medios de comunicación, mundo empresarial, etc.) el “gobierno de progreso” trata de perpetuarse cancelando todo conato de protesta y sometiendo a los movimientos a las lógicas del clientelismo, el moderantismo, el narcisismo de los líderes y la política-espectáculo.
La clase media, en descomposición en toda Europa, ha perdido una de sus funciones estratégicas tradicionales en la sociedad de clases: desarrollar el discurso social aceptable, la forma de entender el mundo de la mayoría social. Esta derrota en su función cultural sistémica la empuja a una situación de irritación y confusión desbordantes. El discurso que importa, el que determina la compresión del mundo por la mayoría, ya no es el que desarrollan los expertos de la clase media (profesores, altos funcionarios, profesionales, artistas) en los nodos culturales de la clase media (las revistas culturales o los simposios y congresos de los intelectuales sistémicos) sino el que destilan y viralizan los algoritmos de las grandes tecnológicas como Meta, Tik Tok, Google, etc. Varias generaciones de jóvenes de la clase media ilustrada se enfrentan a una inesperada situación de irrelevancia social y proletarización acelerada.
Mientras los fondos globales de inversión se hacen con todo (sanidad, educación, desarrollo de las energías renovables, los terrenos agrícolas, la industria de transformación agroalimentaria, la industria del azulejo levantino, etc., etc. etc.) y financian a las plataformas digitales y las start up que pretenden dinamitar el Derecho Laboral derivado del compromiso social keynesiano; los jóvenes intelectuales de la clase media se enfangan en una violenta pugna sin sentido entorno a aspectos parciales y superficiales de la guerra social en curso, abandonando toda alianza potencial con la clase trabajadora. “Neorrancios nacionalistas” y “demócratas Woke” pelean sangrientamente por las migajas de la tradicional función cultural sistémica de la pequeña burguesía, que ha sido ya colonizada y parasitada por las grandes tecnológicas y los fondos de inversión.
La clase trabajadora, sin embargo, se agita con episódicas dinámicas insurreccionales que los sindicatos oficialistas tratan de anegar en un océano de pesimismo, fatalismo y confusión, empujando a las luchas obreras a vías muertas y operando traiciones locales que tienen como principal objetivo extender la idea de que nada puede hacerse. La masiva lucha por las pensiones en Francia; el nuevo “invierno del descontento”, plagado de huelgas, en el Reino Unido; las movilizaciones sectoriales del transporte o los aeropuertos en Alemania; las insurrecciones campesinas en los países del Este; las movilizaciones del Metal en la bahía de Cádiz; ponen de manifiesto el descontento creciente de la clase trabajadora. Las luchas se extienden, pero aún se desarrollan de forma aislada, parcial, desorganizada.
El sindicalismo combativo tiene, precisamente, la responsabilidad de trabajar para que las luchas se conviertan en cooperativas, globales, organizadas, creativas y crecientes. Por eso participamos, en Solidaridad Obrera, en distintos espacios de confluencia con otros organismos obreros y sindicales. Hablamos de la Taula Sindical de Catalunya o del Bloque Combativo y de Clase. Pero también hablamos de los movimientos realizados en los últimos meses para impulsar la confluencia de las organizaciones anarcosindicalistas CNT, CGT y Solidaridad Obrera.
Estos esfuerzos hacia la confluencia anarcosindicalista han sido algo que reclamamos desde el inicio del año 2023 en diversos medios de comunicación alternativos (Kaos-enlared y el periódico “Rojo y Negro”) y han llevado a la realización de una serie de reuniones, convocadas por el Comité Confederal de la CGT, que cristalizaron en la publicación de un comunicado conjunto de las tres organizaciones en el que nos comprometemos a trabajar para levantar un proceso de movilizaciones en defensa de las condiciones de vida de la clase obrera de nuestro país, así como diversas actividades culturales y de reflexión.
Afrontamos un futuro complejo, incierto y duro, pero mucho más abierto de lo que nos suelen decir los apóstoles del fatalismo y los cansinos profetas de lo peor. Las violentas contradicciones y ambigüedades de nuestro mundo dan cuenta de la crisis final de una época, pero también de la apertura de nuevas posibilidades sociales. Para poder avanzar en medio de estas brumas crecientes, debemos tener un programa claro de combate estructurado entorno a unos puntos nodales como los siguientes (aunque un programa concreto y operativo aún está por hacer, y debe de ser producto de un trabajo colectivo de reflexión y experimentación de masas):
En primer lugar, tenemos que construir organización. Desorganizados, confusos, aislados, no somos nadie, nos volvemos irrelevantes. Y no es el momento para el sueño esteticista de una orgullosa irrelevancia. La situación es extremadamente grave. Hay que extender los sindicatos, hay que articular las luchas, hay que crear organismos de coordinación y bancos comunes de recursos. Alimentar las cajas de resistencia, dotar de lo necesario a los abogados y a los delegados sindicales, organizar los grupos de comunicación y propaganda. Tomarse en serio la organización, como si nos fueran muchas cosas importantes en ello, porque probablemente acabe siendo así.
En segundo lugar, nos organizamos para pelear y para llegar al conjunto de la clase trabajadora. Lo que Abraham Guillén llamaba “ganar población”. El orgulloso aislamiento y la pose estética, en nombre de los principios que se enuncian desde la torre de marfil,están fuera de lugar. Es necesaria una decidida línea de masas. Ser útiles para la clase obrera. Expandirse en los barrios, en los centros de trabajo, en las escuelas, en todos los escenarios de la vida social.
En tercer lugar, necesitamos aliados. Y en un mundo cada vez más caótico, esos aliados no serán todo lo fiables y puros que nos gustaría. Pero nos tenemos que aliar con lo que hay, no con lo que nos gustaría que hubiese, a no ser que nos queramos quedar aislados. Hay muchos posibles aliados en la lucha de la clase trabajadora: el resto de los sindicatos combativos, el movimiento de vivienda, las asociaciones de migrantes, los intelectuales dispuestos a trabajar con los obreros, los partidos y núcleos revolucionarios, las empresas de la economía social y solidaria, los autónomos acosados por el avance de las plataformas y los fondos de inversión, etc., etc. Hace falta un Frente Amplio Popular contra la pobreza, la precarización del trabajo y la destrucción de la economía productiva nacional.
En cuarto lugar, el objetivo de las alianzas en crear una situación de doble poder o, si se prefiere, un contrapoder. Un contrapoder de los barrios y los trabajadores, contra el poder creciente de los fondos de inversión, las transnacionales y la alta burguesía parasitaria española. Necesitamos asambleas barriales y Consejos Productivos Locales que incluyan sindicatos, plataformas en defensa de los servicios públicos, asambleas de parados y paradas, entidades de la economía social. Necesitamos estructuras de articulación nacional de las asambleas locales y del contrapoder social en movimiento.
En quinto lugar, necesitamos un discurso plural y creativo, que de forma y profundidad a toda esa obra organizativa. Necesitamos una narrativa para tramar el contrapoder. Lejos de enfangarnos en las contradicciones internas de la pequeña burguesía, que nada en la confusión con su guerra inútil entre neotradicionalistas y post-posmodernos, tenemos que construir un discurso alimentado por la reflexión sobre la práctica de los movimientos (y muy señaladamente, del movimiento sindical combativo). Un discurso útil, prefigurativo, esperanzador, rico y apegado a las necesidades de la clase trabajadora. Para eso habrá que construir los espacios donde reflexionar en común y donde debatir sin vetos absurdos y sin caer en los callejones sin salida del dogmatismo.
En sexto lugar, todo lo anterior lo tienen que hacer personas. Gentes de carne y hueso. Trabajadoras y trabajadores. Hay que alimentar el deseo del cambio y darle los instrumentos para hacerse realidad. Y la formación es un instrumento básico que multiplica las capacidades y facilita los debates. Aprender a nombrar y crear el propio mundo pasa por apropiarse de los saberes que permiten hacerlo. La formación es el primer deber de quien quiere hacer una revolución. Reflexionar sobre lo que se hace, someter lo reflexionado al tamiz de la práctica. Y en último lugar, no nos olvidemos: para hacer el cambio hay que querer cambiar. Alimentar el deseo de revolución y el deseo de acción. Impulsar la iniciativa y la actividad, el dinamismo y el vitalismo. Estamos en una sociedad cada vez más vieja y decadente, pero necesitamos el impulso y la voluntad como motores del cambio. El pesimismo y el fatalismo nos rodean por todas partes, pero la crisis de nuestro mundo exige de nosotros un optimismo intransigente y una generosidad activa, plena de energía.
Casi nada. Casi todo. La defensa de la vida y la justicia social exige un vitalismo desbordante y una creencia luminosa en el futuro de la humanidad.
José Luis Carretero Miramar.
Este artículo se publicó originalmente en El Solidario edición no 24 Primavera 2023