La Independencia del 16 de septiembre de 1810 al 16 de septiembre de 1915 

Entre una mexicana y una I.W.W. 

El Rebelde  

Ano 1 No. 7 

Administrador P. Bonora | Editor A.M Ojeda  

Los Angeles, California   

17 de septiembre de 1915  

Este es el decimosexto artículo de una serie de artículos originales publicados en periódicos en español de los TIM, escritos por miembros del sindicato, antes, durante y después de la revolución mexicana (1910-1921) y publicados de nuevo aquí en la Solidaridad de hoy. Se dejaron algunos errores ortográficos y gramaticales tal como estaban impresos en el original.

Por P.C.  

Es necesario amiguita mía que te prepares para mañana celebrar la fecha memorable, dia que todas las mexicanas y mexicanos debemos de celebrar porque para nosotros no debe separarse de nuestra memoria aquella fecha memorable en que nuestro padre Miguel Hidalgo y Costilla nos dió la libertad, librándonos de la opresión de la tiranía de los malvados españoles; sí amiga mía, no debemos de separar todas las mexicanas de nuestra memoria, aquellos nobles mexicanos: Allende, Aldama y Jimenez. 

–¡Bravo! ¡bravo! Amiga mía, dichosa tú que vas a celebrar todito lo que no has tenido y lo que no es; porque ven acá mi buena amiga: ¿Como es que vas a celebrar la independencia de los mexicanos, cuando somos los mismos esclavos de aquella época, o acaso crees que eres independiente tú y todos los millones de trabajadores de aquella república? ¿como es que celebras tu libertad desde 1810? No amiga mía, estas en un error; porque recuerda que también don Francisco I. Madero, después de cien años también levantó al pueblo para darle libertad, después Huerta, y hoy Carranza, Zapata y Villa, todavía le andan dando libertad al pueblo. Lo que te enseñan ellos mismos, los que te ofrecen libertad; es que es una mentira todo eso, pero el pueblo, ¡pobre pueblo!, todos le dan libertad, todos lo redimen, todos luchan por su causa, pero el pueblo, ¡pobre pueblo! , el sigue siendo la pila de agua bendita donde todo beato, es decir toda la ipocrecia mete su mano. Sí, amiga mía, nosotras las trabajadoras no tenemos aún independencia que celebrar; apenas hoy empiesan las escaramuzas, cada dia más frecuentes entre las avanzadas de los obreros (la organización) y las huestes degeneradas del sistema capitalista, que al fin de la gran lucha, habremos conquistado nuestra independencia, nuestra felicidad, nuestra verdadera libertad, la económica. 

La independencia de los mexicanos, que a nosotros nos han hecho celebrar durante ciento cinco años, no es la independencia de los trabajadores; y si, la de los mexicanos, porque mexicanos son los dueños del suelo y sus productos. Pero los que no somos dueños ni de nuestras propias fuerzas, aunque hallamos nacido allí, no hemos sido hasta hoy, mas que un utencilio, como cualesquier otro animal, de los mexicanos. Pero todavía, el buey, la mula, el macho, el caballo, el perro y el burro, cuando quedan inservibles, se les arroja al campo a que acaben sus días como puedan; nosotras las obreras y obreros que nacimos allí, se nos explota desde nuestro nacimiento: El primer producto que a la clase parácita dá nuestro ser, es para los frailes: el bautismo, crecemos y quedamos entre dos garras: el fraile y el patrón; el pedazo de pan que nos deja el patrón, seguimos siendo la minita explotable del fraile, en nuestras enfermedades, en nuestra agonía, y aún después de muertos en el sepulcró.  

La independencia de aquella época fué de los ricos que, no queriendo pagar mas tributo al reinado de España, buscaron un medio y lo encontraron; ¿cómo? diciendo a los trabajadores de aquella época, esclavos como nosotros que España era la causa de su esclavitud, y prestaron su contingente de sangre para que los ricos de México dejaran de pagar tributo, y hacerse mas fuertes, libres y señores de la República.  

Pero si decimos que somos independientes porque estamos fuera del alcance directo de las garras del gobierno mexicano por estar fuera de la zona dominada por él, si, estamos independientes de aquel, pero estamos bajo la del no menos tirano: el de Wall St. Y siempre es la misma gata, nada mas un poco mas revolcada.  

Por otra parte, a nosotras las mexicanas, vergüenza nos había de dar decir: “nuestra independencia”; cuando, si hay mujer mas esclava somos las mexicanas; no ya solamente de las instituciones capitalistas, sino en nuestro propio hogar, de nuestro marido.  

Tristes recuerdos de las amargas horas que pasé desde la hora en que acepté tener a mi lado, no al esposo ni al compañero, sino un esbirro, a un tirano, peor que la tiranía de España en tiempos de Torquemada. Bien me acuerdo de mi vida en México, mi marido trabajaba con el dueño de la hacienda todita la maldita semana, dos tristes reales y un cuarteron de maíz ganaba. Los domingos tenía que ir al pueblo a oír la misa, y esperar que al patrón se le antojara rayarle. Después de depositar la limosna a las ánimas del purgatorio, el resto lo depositaba en la cantina; total, que de regreso, yo lo esperaba con los brazos abiertos, esperando algún alivio, al menos sus caricias; ¡pero cual desengaño!, las caricias que de él recibía, inspiradas por el exeso del alcohol, eran con un palo o con lo que encontraba, y yo sufria resignada por no violar uno de los sacramentos que el fraile por veinte pesos me habia impuesto, o por temor a lo que digeran las demas resignadas a la eterna esclavitud. 

Un dia se le puso a mi marido el que nos vinieranos para E.U. a hacer fortuna, y de entonces a esta fecha, aquí me tienes en Los Angeles, llevo ocho años y mi marido siempre fué de mal en peor, en los primeros años trabajaba en el asfalto de las calles de la ciudad y aunque ganaba dos pesos veinticinco centavos diarios, mi triste vida no cambiaba en nada; porque el dia de raya por tres o cuatro días consecutivos, tomaba como habitación la cantina del “Barrilito” o la cantina “La Perla” y cuando de allí salía, no era porque se hubiera enfadado, nó, no amiguita mía, es que salen de allí porque el cantinero cuando no les queda nada en el bolsillo, les echa a puntapiés.  

Pues bien, un dia, a la puerta de mi casa se acercó un jóven, quien familiarmente me entregó una invitación para una reunion de obreros en un salon; y yo enfadada de mi vida en aquel zótano, me decidí a violar las leyes que mi marido me imponía, y entonces pude acercarme y cerciorarme de los que hoy familiarmente, como amigos, como hermanos y como compañeros frecuento, los I.W.W. [Trabajadores Industriales del Mundo]. Y así es como hoy han cambiado mis ideas y mi modo de pensar, éllos me hicieron comprender los errores del pasado, y el camino hacia el porvenir; me enseñaron lo equívoco de mi indigna resignacion, y la necesidad de rebelarnos; y hoy soy rebelde y lucho al lado de ellos, mis únicos hermanos dignos. Tocante a mi marido, desde aquel dia en que volví a mi casa, le aconsejaba y le aconsejé que acudiera a los centros obreros, en lugar de la cantina, el rebote o el billar; pero para el desgraciado, eran tarde mis consejos: el licor había embrutecido su cerebro, y en lugar de regenerar, fué a unirse con sus compañeros de la “Unión de la botella”; (organización de alcoholizados ya del cerebro.] Entonces tuvimos que separarnos, y desde entonces no le visto jamás.  

Ya sola, tube que trabajar, y he trabajado en la lavandería para vivir yo y mis dos hijos. Seguí familiarizándome con los I.W.W., y ellos poco a poco fueron quitándome las supersticiones que existían en mi cerebro; una de ella es la que te propones celebrar mañana: la independencia de la patria que ninguno de los asalariados del mundo tenemos, y otros muchos errores en que los ricos, por medio de sus instituciones nos han hecho caer. 

Sí, amiga mía, la independencia que tu quieres celebrar no es la tuya, es la de tus tiranos. Nosotras, amiga mía, celebraremos nuestra independencia, cuando nosotras, obreras y obreros nos organicemos y destruyamos el presente sistema capitalista, causa de todas nuestras iniquidades, y solo entonces podremos regocijarnos y celebrar, no nuestra independencia, sino el triunfo del trabajo: LA EMANCIPACION DE LOS TRABAJADORES DEL MUNDO. 

Hoy, lo que nos toca es acudir al llamamiento que constantemente esos jóvenes (los I.W.W.) nos hacen, y luchar juntos al lado de ellos, hasta triunfar ó morir. 

—Desde hoy te juro ser tu amiga y compañera. Mira, al principiar tu conversación, me herias mi corazón, por eso me decidí a callar y no contestarte cuanto mas prolongabas tu conversación, más me empesaba a interesar, y acabo por interrumpirte, y diciéndote que desde hoy puedes contar con otra compañera mas en las filas en que militas; yo trabajo en la fábrica de pastas, pero todas las tardes no veremos, y seremos inseparables; lucharemos juntas hasta ver destruido lo que tu llmas sistema capitalista.  

P.C. 

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